Issue - November 2009



November 2009

Editorial

In this issue: Justin Gouin interviews a talented young artist; The Fijate Project, a new initiativein Cochabamba by Petra Vissers; reclaiming the culinary tradition for Cochabambinas by Alejandra Ramirez; Octubre Azul, nine years after the water war By Petra Vissers; finally, the Molle’s presence dominates Cochabamba’s countryside by Walter Sánchez.
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November 2009

Cultural Corner :

The Molle’s Ethnography

Etnografía del Molle

Faculty Advisor Lic. Monica Ruiz.
Miguel Ajhuacho, Jenny Lara, Natalia Rodriguez, Cecibel Villca

Walter Sanchez
INIAM
Universidad Mayor de San Simon

El molle (Schinus molle) es el árbol emblemático de los valles de Cochabamba. Su presencia domina los paisajes rurales junto al algarrobo o thaqo (Prosopis alba) y la jark´a (Acasia visco), y rivaliza con el eucalipto (Eucalyptos comaldulensis, Eucalyptus viminalis; Eucalyptus globulus) que representa a los hacendados cochabambinos desde fines del siglo XIX.

Este árbol ha tenido una presencia importante en la vida cotidiana de las comunidades locales desde la prehistoria. Los primeros cronistas hispanos no sólo destacan bondades curativas, medicinales y alimenticias –conocidas por los indígenas- sino que las pregonan. El P. jesuita Joseph de Acosta, en su libro Historia Natural y Moral de las Indias (1590) enfatiza en su característica de brebaje: “El molle es árbol de mucha virtud: da unos racimillos, de que hacen vino los Indios”. Pedro de Cieza de León, en La Crónica del Perú (1550) nos da una imagen similar, aunque destacando otras propiedades, entre ellas las curativas: “En toda la mayor parte de los poblados de esta tierra se ven unos árboles grandes y pequeños, a quien llaman molles. Éstos tienen la hoja muy menuda, y en el olor conforme a hinojo, y la corteza o cáscara de este árbol es tan provechosa que si está un hombre con grave dolor de piernas y las tiene hinchadas, con solamente cocerlas en agua y lavarse algunas veces, queda sin dolor ni hinchazón. Para limpiar los dientes son los ramitos pequeños provechosos; de una fruta muy menuda que cría este árbol hacen vino o brebaje muy bueno, y vinagre; y miel harto buena, con no más de deshacer la cantidad que quieren de esta fruta con agua en alguna vasija, y puesta al fuego, después de ser gastada la parte perteneciente, queda convertida en vino o en vinagre o en miel, según es el cocimiento. Los indios tienen en mucho estos árboles”. Garcilazo de la Vega, el Inca, en sus Comentarios Reales de los Incas, amplifica esta descripción y ensalza su incidencia benéfica para el cuerpo: “da sus fruto en racimos largos y angostos; el fruto son unos granillos redondos del tamaño del culantro seco; las hojas son menudas y siempre verdes…Hacen brebaje de aquel grano para beber; tráenlo blandamente entre las manos en agua calientes, hasta que ha dado todo su dulzor que tenía, y no han de llegar a lo amargo porque se pierde todo. Cuelan aquella agua y la guardan tres o cuatro días, hasta que llega a sazón; es muy linda de beber, muy sabrosa y muy sana para males de orina, hígado, riñones y vejiga; y mezclada con el brebaje del maíz, lo convierte en miel muy linda; la misma agua, puesta al Sol, con no sé qué que le añaden, se hacía y se hace muy lindo vinagre. De la leche y resina del mulli dijimos en otra parte cuán provechosa era para heridas. El cuerpo y para echar de sí la sarna y curar las llagas viejas; palillos hechos de las ramas tiernas son muy buenos para limpiar los dientes…Con estas frutas, y aun por la principal de ellas, conforme al gusto de los indios, pudiéramos pone el condimento que echan en todo lo que comen, que llaman uchu y los españoles pimiento de las indias”.

Todos estos usos hacían del molle un árbol de gran consideración. De su vinculación ritual no se tienen mayores noticias sino hasta el siglo XX y, de forma indirecta. Se sabe, por ejemplo, que a principios de este siglo, en la fiesta de San Andrés (30 de noviembre) –que está vinculada a la fiesta de Todos Santos (dedicada a los muertos, 1 de noviembre)- los campesinos y artesanos de la ciudad de Cochabamba armaban wallunk´as (columpio en quechua) en los centenarios molles y ceibos (Chillijchi) que crecían en las campiñas de Cala Cala y Queru Queru. Esta fiesta, a pesar de vestir un ropaje cristiano, era una celebración dedicada al supay (“diablo” en quechua) “andino” y a los muertos y, también, se asociaba a los rituales de propiciación de lluvias durante el periodo de la siembra. No era por tanto una casualidad que las coplas del período de lluvias fueran cantadas bajo la sombra de estos árboles, acompañadas por charangos afinados con el “temple diablo” (o supay). Esta celebración se complementaba con la fiesta de Carnaval, cuando en comunidades campesinas se festejaban a los molles a la vez que se despedían a los “diablos” y a los muertos que habían estado en nuestro mundo desde Todos Santos.

La relación entre el molle y el mundo de los muertos no se limita solamente al ciclo Todos Santos-Carnaval (pasando por San Andrés), sino también se visibilizaba cuando alguien fallecía. El relato del músico Teófilo Vargas es esclarecedor en este punto: “A la edad de 6 años, en el año de 1874, cuando yo vivía feliz en mi querido pueblo de Quillacollo gozando del cariño de mis padres, frecuentemente tropezaba en mi camino a la escuela, con cortejos fúnebres indígenas, procedentes de las estancias lejanas. Atraía mi atención sobre manera la indumentaria macabra que vestía el difunto, pues, tenía como ataúd una escalera rústica, sobre la cual se hallaba amarrado, llevando como almohada un rollo de ramas frescas de molle”.

El culto al molle también estuvo asociado a la fecundidad. Así, paralelamente a los festejos de Santa Vera Cruz (la fiesta dedicada a la fertilidad que se realiza el 3 de mayo), se desarrollaba el culto al Tata Molle. De manera similar al Tatala (Santa Vera Cruz), el Tata Molle era vestido con un faldón, envuelto en sedas y cubierto con flores olorosas y hojas del arbusto llamadas, localmente, llave-t´ika. En el mayor apogeo de esta fiesta, el Tata Molle tenía, incluso. capilla propia donde, en su interior destacaba el tronco del árbol. Durante la incursión de los campesinos de Ucureña a Tarata en la década de 1950, la capilla del Tata Molle fue convertida en una suerte de “cuartel general” de los jóvenes tarateños que defendían el pueblo; el Tata Molle fue transformado en una suerte de protector. Pasado este evento, la Capilla no sólo fue abandonada, sino que su culto comenzó a ser olvidado por los campesinos de los alrededores y por los mestizos del pueblo. Décadas después, el molle centenario fue quemado por religiosos evangelistas a fin de extirpar su culto considerado idolátrico. No obstante, actualmente el culto al Tata Molle continúa aunque muy débilmente. Signos del mismo se pueden todavía ver, en una pequeña celebración dirigida a un nuevo molle que se encuentra en la salida de Tarata hacia Cliza.

El molle, antiguo símbolo de vínculo con la muerte pero a la vez con la vida -por el color de sus hojas siempre verdes- y la fecundidad, ha venido siendo olvidado, ignorándose hoy, incluso, sus cualidades alimenticias, curativas y de brebaje ritual. Más aún, las políticas de urbanización han ido relegando su presencia hacia las laderas de los cerros, despareciendo de nuestro espacio cotidiano -y de nuestras vidas- en las ciudades.


The molle is the emblematic tree of Cochabamba’s valleys. Together with the carob tree or the thago (Prosopis alba) and the jark’a (Acasia visco), the Molle’s presence dominates the countryside, revitalizing it alongside the eucalyptus (Eucalyptos comaldulensis, Eucalyptus vimanalis, Eucalyptus globules)—that has represented Cochabamba’s landowners since the late fourteenth century.

This tree has been an important presence in the everyday life of local communities since prehistory. The first Hispanic chroniclers not only point out the Molle’s curative, medicinal, and nourishing benefits—known by the natives—but also proclaim their importance. In his book A Natural and Moral History of the Indies (1590), the Jesuit priest Joseph de Acosta emphasizes the characteristics of the tree that are useful for brewing: “The molle is a virtuous tree: it gives the little bunches that the Indians use to make their wine.” Pedro of Cieza of León, in his book The Chronicle of the Peru (1550), gives us a similar image. He highlights properties, however, that are more than just the curative; for example, “In most parts of the villages of this land, some big and little trees are seen that are called molles. These have a very small leaf that smells like fennel, and the bark or the tree’s skin is so beneficial that if a man is in grave pain and has swollen legs, all one needs to do to alleviate the pain and the swelling is boil the leafs in water and wash oneself with it. To brush the teeth the little bunches are beneficial; of a very small fruit that produces this tree’s good wine, brew and vinegar are made. And very good honey, for which they only use the quantity of fruit that they need, using water in a bowl, which they set on fire. After this, it becomes either wine, vinegar or honey, depending on what they want. The Indians have plenty of these trees”. In his Real Commentaries of the Incas, Garcilaso de la Vega, and Inca himself, extends this description, ennobling its beneficial impact for the body: “it gives its fruits in clusters long and narrow; a small and round grain the size of dry coriander. The leaves are small and evergreen ... they are used to make potions to drink with the grain; the grain is boiled until it is soft and has left all the sweetness that it had in the water, it should not become bitter because then you lose everything. They strain the water to keep it for three or four days, until it is flavored. That water is very pleasant and tasty to drink and heals the evils in urine, liver, kidneys or bladder; it is mixed with the grain brew that becomes beautiful honey. The same water, lightened by the Sun, becomes very rich vinegar. The milk and the resin of the “mulli” is beneficial to heal the body when it is injured. It also helps the body to cure old injuries and scabies. The chopsticks made of the young twigs are very good for cleaning teeth. With these fruits, according to the taste of the Indians, we could spice up everything they eat, they call it “uchu”, but the Spaniards called it ¨ Indian peper’s.

All these uses make the molle a tree worthy of consideration. Until the twentieth century, there was almost no information of these winemaking rituals, and even then all that was known was indirect. For example, we know that at the beginning of this century, during the Fiesta de San Andrés (November 30)—which is linked with the Fiesta de Todos Santos (dedicated to the dead) on November 1—Cochabamba’s farmers and artisans made wallunk’as (swings) in molle and ceibo (Chillijchi) trees that are over a hundred years old, which grow in the Cala Cala and Quero Quero countryside. Although it features Christian costumes, this party is a celebration that is dedicated to the Andean supay (devil in Quechua) and to the dead; as well, it is associated with rituals to bring rain during the crop-sowing season. It was not a coincidence that the popular folk songs of the period were always sung under the shade ofthese trees to the sound of a charangos, a small five-stringed guitar tuned with the temple diablo (or supay). Complemented by the Carnival party, during this ceremony country communities celebrated the molles and said goodbye to the diablos and the dead that had come to the world on All Saint’s Day.

The relationship between the molle and the world of the dead is not limited to the All Saint’s Day-Carnival cycle (passing by San Andres), it also appears when someone dies. Teofilo Vargas’ tale clarifies this point: “In 1874, I was 6 years and living happily in my parent’s love and care in my dear town, Quillacollo. On my way to school, I frequently stumbled upon indigenous funeral processions coming from farms. The macabre costume worn by the dead attracted my attention. The dead were tied to a rustic ladder, which was used as a coffin; as a pillow, the dead rested on boughs of fresh molle.”

The worship of the molle was also associated with fertility. During the festivals of Santa Vera Cruz (the festival dedicated to fertility takes place on 3 May), the worship of the Tata Molle was developing. In a similar way to Tatala (Santa Vera Cruz), Tata Molle was worn with a skirt wrapped in silk and covered with fragrant flowers and leaves of the shrub called llave-t’ika. At the peak of these festivities, Tata Molle even had its own chapel in which the trunk of the tree was actually in the interior. During the raid of farmers from Ucureña to Tarata in the 1950s, the Tata Molle chapel was converted into a sort of “headquarters” for young the tarateños who were defending the people. The Tata Molle was transformed into a kind of protectorate. After this event, the Chapel was not only abandoned, but the worship was forgotten by the peasants of the neighborhood and the half-caste people. Some decades later, the hundredyear- old molle was burned by religious evangelists, who intended to stop the people’s veneration of it because they considered it idolatrous; however, the worship to Tata Molle continues. Although they are very weak, signs of persisting worship of the molle can still be seen in a small celebration that leads to new trees in Tarata to Cliza.

The Molle, the ancient symbol of a connection to both death, life, and fertility—because of its evergreen leaves—has been forgotten. Today, even its culinary and healing qualities, as well as the ritual brew, are ignored. Moreover, development policies have been relegated the presence of this tree to the hillsides, disappearing from our everyday space and our lives in cities.

Cultural Agenda

Teatro Achá

Calle España entre Av. Heroínas y Bolívar Agenda sujeta a cambios

Martes 3 al Miércoles 4 Presentación Orquesta de Cámara del Valle

Viernes 6 al Domingo 8 Ballet Academia España

Salón Gildaro Antezana

9 al 21 de noviembre Chaly Rimmasa Luis Honojosa Roger Ayala

23 de noviembre al 5 de diciembre Jesus Florido Alfredo Nina Elio Nina

Calendario de festividades patronales y agricolas de Cochabamba

Alalay

1 noviembre Difuntos y Todos Santos

Raqaypampa y todas las comunidades que pertenecen a la Sub-central
Vacas, Aiquile, Pasorapa,
Omereque, Mizque
1-2 noviembre
Todos Santos

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